El líder supremo iraní Alí Jamenei, un dirigente que nunca dudó en recurrir a la represión para preservar el sistema, atraviesa uno de los momentos más complejos de sus más de tres décadas en el poder. A la presión interna acumulada en los últimos meses se suman ahora los ataques lanzados este sábado por Estados Unidos e Israel.
A sus 86 años, Jamenei domina Irán desde que asumió el cargo en 1989 tras suceder al fundador de la República Islámica, el ayatolá Ruholá Jomeiní. Desde entonces, sorteó decenas de crisis internas, aislamiento internacional y sanciones económicas, manteniendo un férreo control y represión sobre los centros de poder político, religioso y militar.
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Durante su mandato reprimió con dureza la movilización estudiantil de 1999, las masivas protestas de 2009 tras unas controvertidas elecciones presidenciales y la ola de contestación de 2019, detonada por el aumento del precio de los combustibles.
También sofocó el movimiento “Mujer, Vida, Libertad”, desencadenado en 2022 por la muerte bajo custodia de Mahsa Amini, detenida por supuestamente infringir el estricto código de vestimenta.
Jamenei, que siempre luce el turbante negro de los “seyyed” -descendientes del profeta Mahoma- y una espesa barba blanca, construyó su liderazgo sobre su legitimidad religiosa.
Sin embargo, los bombardeos del sábado en territorio iraní, seguidos de la respuesta con misiles contra bases estadounidenses en la región y la incertidumbre sobre su paradero, plantean un desafío directo a su narrativa.
Antes de los ataques, el líder supremo permanecía bajo estrictas medidas de seguridad. Sus apariciones públicas eran poco frecuentes, no se anunciaban con antelación ni se transmitían en directo.
Tras los últimos ataques, el régimen insiste en que el mando político y militar se mantiene “plenamente operativo”, pese a que Benjamín Netanyahu afirma que “hay indicios” de su muerte.
Jamenei, cabe mencionar, nunca salió del país desde que asumió el poder, siguiendo el ejemplo de Jomeiní, que regresó del exilio en Francia durante la Revolución Islámica de 1979. Su último viaje conocido al extranjero fue en 1989, cuando aún era presidente, en una visita oficial a Corea del Norte.
De activista a líder absoluto y cabeza de la represión
Hijo de un imán y nacido en una familia humilde, Jamenei se involucró desde joven en la oposición al sah Reza Pahlavi, aliado de Estados Unidos, lo que le valió años de prisión en las décadas de 1960 y 1970.
Su lealtad a Jomeiní fue recompensada tras la Revolución, cuando en 1980 asumió la dirección de las oraciones del viernes en Teherán, un cargo de gran peso simbólico y político.
Elegido presidente en 1981 tras el asesinato de Mohammad Alí Rajai, no era considerado inicialmente el sucesor natural de Jomeiní.
Sin embargo, poco antes de morir, el fundador de la República Islámica apartó al entonces favorito, el ayatolá Hossein Montazeri, allanando el camino para que la Asamblea de Expertos designara a Jamenei como líder supremo.
Desde entonces, su autoridad formal nunca ha sido cuestionada dentro del sistema y ha mantenido la línea ideológica de confrontación con el “Gran Satán” estadounidense y la negativa a reconocer a Israel.
Pero tras los ataques del sábado y la respuesta iraní, el desafío ya no es solo político o social: es existencial para un régimen que, bajo su mando, enfrenta la prueba más delicada desde la guerra con Irak en los años ochenta.






