Higüey.- Han pasado dos años, pero en las casas de los 23 desaparecidos de la embarcación que salió desde Bayahíbe rumbo a Puerto Rico, el tiempo no avanza. No hay cuerpos, no hay respuestas, no hay pistas. Solo un silencio que pesa, que carcome la esperanza de quienes aún esperan escuchar una puerta abrirse.
El hecho ocurrió el 8 de julio de 2023, 21 hombres y dos mujeres, de sectores como Villacerro y Higüey, partieron con el objetivo de alcanzar un mejor futuro económico y ayudar a sus familias. Según los reportes, la mayoría de los desaparecidos eran trabajadores de hoteles que compartían la esperanza de progreso que prometía la travesía marítima.

Virtudes Sánchez todavía siente el beso que su hijo Víctor Manuel Mercedes, de 23 años, dejó en su mano al marcharse.
“Yo le dije que no, que pensara en su hijo”, repite como si quisiera retroceder el tiempo. Pero su hijo solo le sonrió y le prometió que “el viaje era seguro”. Esa frase la persigue.
En la casa de Benjamín Santana, de 48 años, el duelo también es silencioso de su Walesca. Vive con el recuerdo de la última comida que le hizo.
“Yo le estaba haciendo una sopa, pero él nunca llegó a probarla”, dice, y la tristeza se le atasca en la garganta. Era un plato sencillo, pero cargado de una despedida que ella nunca supo que sería final.

Para Claudia Calderón, han sido dos años marcados por la frustración y la desesperación, pues asegura que no sabe si su hijo, Joan del Castillo, está vivo o muerto. Afirma que ni siquiera tiene un cuerpo para despedirse, una incertidumbre que, asegura, la consume cada día.

“Si yo lo hubiera visto muerto, digo: ‘Bueno, pues ya lo enterré’. Si se ahogan, uno dice: ‘Se ahogaron’. Uno sufre, pero no es lo mismo. Esta angustia, este dolor por dentro… eso acaba con uno”
Horas después de partir, Joanna Trinidad recibió un mensaje de voz de su hijo Yeidy, de solo 19 años.

“Si te llama un número raro, no cojas la llamada. Bloquéalo”, le dijo.
Joanna interpreta esa advertencia como un grito de alarma, un presentimiento, un miedo que él ya cargaba mientras la yola se alejaba del muelle.
Para otras familias, la pesadilla llegó desde las redes sociales: las cuentas de Jonael Martínez y Benjamín Santana fueron usadas por personas de nacionalidad haitiana. No era una señal de vida, solo más angustia, más preguntas sin respuestas.

Dilenia, madre de Starling Columna, habla como quien se está quedando sin fuerzas: “Al no haber naufragio y no haber llegado a su destino, nosotros lo hemos declarado desaparecido. Pero no queremos que los olviden”.

Viajes que nacen de la pobreza y terminan en silencio
Estos casos muestran, una vez más, la urgente advertencia sobre los peligros inherentes a los viajes ilegales en pequeñas embarcaciones. Lo que se concibe como un sueño de prosperidad para salir de la pobreza, a menudo se transforma en una dolorosa espera para las familias que ven a sus hijos y parientes desaparecer en el mar.
Estas historias fueron presentadas en el programa Sin Rastro RD y fueron investigadas por la periodista Arileidy Toribio, quien ha acompañado el dolor de estas familias que, dos años después, viven atrapadas entre la fe y la sombra del mar.
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