Esmeralda Moronta de los Santos murió de dos disparos a mano de su expareja que la alcanzó en el colmado donde buscó refugio al salir de una fiscalía donde buscaba protección. La remató de un disparó cuando estaba agonizante en el suelo, indefensa.
Ahí terminó su vida, pero no terminó su exposición.
La segunda vez que mataron a Esmeralda fue cuando ese video salió a circular sin filtro, sin freno, sin un ápice de respeto.
Las cámaras del establecimiento grabaron el crimen y, minutos después, el suicidio del agresor. Y esas imágenes terminaron en grupos de WhatsApp, en perfiles de redes sociales, en portales que priorizaron el clic sobre la dignidad.
Eso no es periodismo, ni información de interés público. Eso es necroespectáculo que alimenta un morbo inhumano y despiadado.
El Estado cuenta con protocolos para proteger a las víctimas de violencia de género mientras están vivas; sin embargo, estos fallan con frecuencia, como evidencia el caso de Esmeralda, quien denunció amenazas, acoso y rastreo por GPS tras salir de la fiscalía, además de solicitar una orden de alejamiento. A pesar de ello, no recibió una protección efectiva.
Pero el deber del Estado no termina con la muerte. También existe la obligación de proteger la dignidad de los muertos y el dolor de sus familiares. Y para eso las autoridades también tienen protocolos. Se debió limpiar esa escena e incautar ese tipo de contenido.
La difusión masiva de un video así viola ese principio básico. No hay justificación que sostenga exponer el momento exacto en que una mujer recibe un tiro de gracia y el cuerpo de su agresor desplomándose junto an ella.
Que un video así se comparta masivamente dice más de nosotros que de las autoridades. Significa que hemos normalizado mirar el dolor ajeno como entretenimiento. Que confundimos “informarse” con “verlo todo”. Que el luto de una familia vale menos que la viralidad de un minuto.
No se necesita ver el disparo para entender la gravedad del feminicidio. No se necesita ver el cuerpo en el suelo para exigir justicia. Lo que sí se necesita es un mínimo de empatía, y ponerse en el lugar de la madre, del hijo, de la amiga que acompañó a Esmeralda a denunciar y que ahora ve su muerte convertida en contenido.
La ley protege la intimidad y la imagen de las víctimas. Los medios serios tienen manuales de estilo que prohíben difundir imágenes que atenten contra la dignidad humana. Pero ninguna norma reemplaza la decisión individual de no reenviar, de no comentar, de no alimentar el morbo.
A Esmeralda le arrebataron la vida. No le arrebatemos también el derecho a ser recordada sin esa última imagen. Proteger su memoria es protegernos a nosotros mismos de una sociedad que se vuelve insensible para no sentir.
La próxima vez que te llegue un video así, pregúntate: ¿esto me informa o solo me anestesia? Si la respuesta es lo segundo, bórralo. Ese es el mínimo acto de respeto que le debemos a Esmeralda, y a cualquiera que venga después.







