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Don Roberto, aún aquí

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Diecisiete días han transcurrido desde la partida de don Roberto Rodríguez Marchena.

Nunca imaginé que su muerte me sumiría en una profunda introspección sobre la vida, sobre todo viniendo de alguien a quien escuché por primera vez a través de un televisor, cuando el presidente Danilo Medina ascendió al poder en agosto de 2012.

Durante aquel período, escuchaba desde las aulas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) sobre la revolución en la comunicación gubernamental que se estaba gestando en la Dirección General de Comunicación (Dicom).

La novedosa forma de redactar notas de prensa con oraciones cortas y caracteres precisos para difundir textos por X (antes Twitter), sin perder el sentido humano de las historias, acaparaba la atención tanto de los diarios tradicionales como de los alternativos. Estos podían abordar diferentes enfoques de la noticia, así como de la población en general, que veía a través de los audiovisuales la espontaneidad y el impacto de las políticas sociales que se llevaban a cabo en ese momento.

Sin mencionar la avalancha de informaciones difundidas por los diversos canales comunicacionales, que inundaban los celulares de cada ciudadano interesado en informarse, incluidos los periodistas que cubrían la fuente presidencial, quienes no solo recibían la información de manera inmediata y hasta minuto a minuto, sino que también contaban con tal nivel de transparencia que podían interactuar en el grupo de WhatsApp, sugerir y solicitar insumos sobre cualquier tema de interés. Sin censura, sin lineamientos y sin atropellos.

En 2016, pude conocer en persona a don Roberto Rodríguez Marchena, cuando me asignaron a la fuente del Palacio Nacional, ya como periodista del Listín Diario. Allí palpé por primera vez su don de gente y el cuidado en los detalles en el trato hacia la prensa. No recuerdo una sola queja por parte de un periodista que se haya sentido agraviado por su equipo de comunicación, más allá de la cotidianidad y las discrepancias naturales que surgen fruto de las ideas políticas o profesionales.

Incluso sus adversarios políticos y de ideas lo respetaron hasta el final, porque, al fin y al cabo, a nadie irrespetó.

Durante esos cuatro años, aprendí mucho sobre la fuente presidencial, y don Roberto, con su trato fino y cortés, hizo que comenzara a llamarme mucho la atención todo lo relacionado con la comunicación estratégica, gubernamental y política; a pesar de que siempre había tenido claro que quería morir en una sala de redacción periodística. Pero don Roberto, sin saberlo, a través de su trabajo, me motivó a dar el gran salto hacia un mundo desconocido, que finalmente pude conocer y dominar.

El destino hizo lo suyo, y finalmente pude trabajar bajo su tutela a partir de 2024, durante la campaña electoral. Allí conocí al verdadero Roberto Rodríguez Marchena, y la sorpresa fue inmensa: era más humano, más generoso y más caballero de lo que creía.

Era un roble, un hombre que nunca se desanimaba por noticias poco alentadoras.

“Las tropas no pueden desanimarse”, solía decir como lema. Y tenía razón: si los líderes de un ejército están desanimados, ¿cómo se le podía exigir a un soldado que alzara su fusil ante la derrota anticipada de sus propios comandantes?

Don Roberto Rodríguez Marchena me enseñó, durante ese año electoral, mi valía. Sin proponérselo, cada cobertura de caravana, mano a mano, y visita a hogares y residenciales de los dirigentes hizo que mis días fueran orgullosos y felices.

Pero hay dos cosas que no me perdono tras su muerte: no haberlo visitado más seguido tras concluir la campaña electoral, y no haberlo conocido antes para trabajar junto a él durante su estadía en el Dicom. Sin embargo, me queda la satisfacción de haber recibido su afecto como un hijo más de la Factoría Comunicacional que formó con esmero, capacidad de trabajo y trato humano.

Don Roberto: nunca olvidaré todo lo que hizo por mí.

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