En los últimos años, las plataformas de streaming, el cine y la televisión han encontrado en el true crime una de sus fórmulas más exitosas. Historias basadas en hechos reales, reconstrucciones minuciosas y personajes perturbadores capturan a millones de espectadores en todo el mundo. Dentro de este fenómeno, los asesinos seriales ocupan un lugar central: figuras oscuras que, décadas después de sus crímenes, reaparecen transformadas en series, películas y documentales.
Pero cuando los casos policiales reales se convierten en productos audiovisuales, surge una pregunta inevitable: ¿se trata de periodismo, de entretenimiento o de una forma de espectáculo que corre el riesgo de glorificar la violencia? Este trabajo analiza algunos de los asesinos seriales más conocidos que fueron llevados a la pantalla y reflexiona sobre el rol de los medios en la construcción de estos relatos.
Jeffrey Dahmer: el éxito que abrió un debate
En 2022, Netflix estrenó Dahmer – Monster: The Jeffrey Dahmer Story, una serie que se ubicó rápidamente entre las más vistas a nivel mundial. La producción reconstruye la vida y los crímenes de Jeffrey Dahmer, responsable del asesinato de 17 jóvenes entre 1978 y 1991 en Estados Unidos.
Si bien la serie fue elogiada por su calidad técnica y la actuación de Evan Peters, también generó fuertes críticas. Familiares de las víctimas denunciaron que nunca fueron consultados y que el relato reabría heridas sin aportar una mirada reparadora. El caso puso en evidencia uno de los principales dilemas del true crime: el enorme interés del público frente al dolor ajeno.
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Desde una mirada periodística, el foco excesivo en la psicología del asesino puede desplazar a las víctimas, reducidas muchas veces a cifras o personajes secundarios dentro de una narrativa centrada en el criminal.
Ted Bundy y la romantización del asesino
Ted Bundy es otro de los nombres recurrentes en el audiovisual. Condenado por múltiples asesinatos en la década de los 70, su caso fue retratado tanto en documentales como en la película Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile (2019).
La producción generó controversia por mostrar a Bundy como un hombre carismático, educado y atractivo, reforzado además por la elección de un actor popular como Zac Efron. Este enfoque abrió un debate clave: ¿hasta qué punto la estética y el relato pueden contribuir a la romantización del asesino?
Desde el periodismo, este tipo de representaciones obliga a revisar los criterios narrativos: informar no es embellecer ni convertir al criminal en un ícono cultural desligado de la gravedad de sus actos.
Zodiac: el crimen sin final
A diferencia de otros casos, Zodiac (2007), dirigida por David Fincher, aborda la historia del "Asesino del Zodíaco" desde una perspectiva más cercana a la investigación periodística. El filme se centra en periodistas y policías que intentan descifrar una serie de crímenes cometidos a finales de los años 60 en California.
El asesino nunca fue identificado oficialmente, y esa ausencia de cierre marca el tono de la película. Aquí, el foco no está en glorificar al criminal, sino en mostrar el impacto del caso en los medios, la policía y la sociedad. Es un ejemplo de cómo el audiovisual puede funcionar como una extensión del periodismo de investigación sin recurrir al sensacionalismo extremo.
Un fenómeno global con impacto local
Aunque la mayoría de las producciones más populares provienen de Estados Unidos, América Latina también ha abordado casos reales de asesinos seriales a través de documentales y especiales periodísticos. En estos contextos, el tratamiento suele ser más crudo y menos estilizado, con un mayor énfasis en el contexto social y las fallas institucionales. Estas diferencias evidencian cómo el enfoque mediático varía según la cultura, los recursos y el público al que se dirige el contenido.
El rol del periodismo frente al true crime
El auge de las series y películas basadas en crímenes reales obliga a replantear el rol del periodismo. Informar sobre hechos violentos implica una responsabilidad ética: evitar el morbo, respetar a las víctimas y contextualizar los crímenes dentro de problemáticas sociales más amplias.
Cuando el asesino se convierte en protagonista absoluto, el riesgo es claro: la violencia se consume como entretenimiento y el horror se banaliza. El desafío para periodistas y realizadores es encontrar un equilibrio entre narrar historias reales y no transformar el dolor en mercancía.
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Conclusión
Los asesinos seriales llevados a la pantalla reflejan tanto el interés del público por el crimen real como las tensiones entre información y espectáculo. El true crime puede ser una herramienta poderosa para comprender fallas sociales, judiciales y mediáticas, pero también puede caer en la glorificación del victimario.
En este escenario, el periodismo tiene la tarea fundamental de aportar contexto, memoria y sentido crítico. Contar estas historias no debería servir para alimentar mitos, sino para recordar que detrás de cada caso hubo víctimas reales, cuyas voces no deben quedar fuera del relato.





