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EL SÍNDROME DEL SALVADOR

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Tender la mano a una persona en apuros es una respuesta natural. Forma parte de nuestra innata necesidad de afiliación: para vivir en sociedad es vital recibir apoyo emocional e instrumental, pero también tenemos que estar dispuestos a darlo. El apoyo emocional, así, consiste en sostener a alguien que se encuentra en una situación psicológicamente difícil. Es decir, escuchar de forma activa y empatizar con su malestar. No hace falta ofrecer soluciones que para nosotros son obvias; a menudo, simplemente basta con estar ahí. El apoyo instrumental, en cambio, implica prestar un servicio tangible: ir a la farmacia cuando un amigo está enfermo, «arreglar» el móvil de tu abuelo porque ha quitado el widget del tiempo, comprar algo a tus padres a través de internet.

Sea como sea, es importante que el apoyo sea recíproco: no es justo ayudar solo por recibir algo a cambio en el futuro –que nos devuelvan el favor, caer bien o que nos agradezcan el esfuerzo–, ya que a menudo ese deseo de compensación no se cumplirá. Sí es importante, sin embargo, que en las relaciones sociales exista una ayuda mutua, que se produzca un intercambio de apoyo.

Y este debe ser coherente: a veces no podemos ayudar al otro porque estamos pasando por un mal momento económico, laboral o personal. En otras ocasiones, simplemente, no querremos ayudar porque consideramos que lo que nos piden rebasa los límites asertivos que hemos construido como, por ejemplo, ocurre cuando entra en juego la posibilidad de prestar dinero. ¿Nos hace eso malas personas? Lo cierto es que no: el apoyo que proporcionamos, tanto en el plano emocional como en el instrumental, debe ser ajustado a nuestras capacidades y circunstancias. El problema surge, sin embargo, cuando nuestros límites se difuminan y acabamos dando más de lo que corresponde.

La tendencia a ayudar por encima de nuestras posibilidades es lo que se denomina como síndrome del salvador: una dinámica muy habitual en las relaciones en la que una de las partes adopta el rol de cuidadora, auto convenciéndose de que no solo puede, sino que debe solucionar los problemas de los demás (aunque sea a costa de su salud mental).

Esta parte necesita sentirse necesitada, lo que le lleva a volcarse en complejas relaciones marcadas por el apoyo unilateral y desproporcionado. Solo aporta ella y lo que aporta, además, es más de lo que humanamente puede. El problema, en este sentido, es que la autoestima deja de ser intrínseca o construida por y para uno mismo, pasando a depender de los demás. Concretamente, pasa a depender de la cantidad de sacrificios que hace por otras personas y del reconocimiento que estas le ofrecen.

El síndrome del salvador, sin embargo, no surge de la nada, sino que tiende a gestarse desde la infancia y adolescencia. Se trata de personas que han adquirido responsabilidades sociales de forma muy precoz: por ejemplo, personas que han tenido que hacerse cargo de sus abuelos o de algún hermano desde pequeñas, o que bien han experimentado experiencias amorosas muy desiguales en la adolescencia y el comienzo de la edad adulta.

Este tipo de vivencias generan una reciprocidad emocional alterada, fenómeno estudiado por James D. Guy en 1987. El psicólogo norteamericano describió cómo la forma de relacionarse se ve alterada en la infancia, manteniéndose hasta la edad adulta y provocando que la persona se vuelva hipersensible a las necesidades de los demás a la par que silencia la expresión de sus propias necesidades. Dicho de otra manera: se trata de una persona que ayuda sin ser ayudada.

Esta es, en muchos casos, emocional, sobre todo en el terreno amoroso. Las personas con síndrome del salvador escogen –a veces consciente y otras inconscientemente– a parejas con carencias afectivas o dificultades psicológicas, llegando a responsabilizarse de su solución. En algunos casos lo logran, sobre todo si dichas dificultades eran leves. La gran incógnita, sin embargo, es qué ocurre cuando entran en juego problemas psicológicos serios.

El síndrome del salvador hace que uno considere la ayuda psicológica como algo innecesario, provocando que el individuo en cuestión se ocupe de ofrecerla. El resultado, sin embargo, es contraproducente: no se resolverán esos problemas psicológicos e incluso llegarán a agravarse, pues son demasiado serios como para cargar con ellos sin ayuda, sin formación profesional y sin imparcialidad.

La persona cuidadora, de hecho, correrá el riesgo de experimentar secuelas psicológicas: baja autoestima, agotamiento emocional, sentimientos de fracaso e impotencia, poca realización personal, ansiedad, nerviosismo crónico, conductas agresivas, desconfianza, codependencia y depresión.

Al fin y al cabo, no somos el psicólogo de nuestra pareja, pero tampoco de nuestros amigos, de nuestros padres, de nuestros hijos o de nuestros compañeros de trabajo. Eso no significa que debamos mirar exclusivamente a nuestro ombligo, preocupándonos de nuestros problemas y desatendiendo los de los demás; hemos de cimentar nuestra ayuda en los principios de reciprocidad y coherencia.

Para ello es fundamental trabajar la asertividad, una habilidad personal que nos permite expresar lo que sentimos, deseamos o pensamos sin invalidar los derechos de los demás. No es algo innato, sino fruto del aprendizaje social: se adquiere, se moldea y se practica cuando protestamos si nos tratan injustamente, cuando rechazamos peticiones sin sentirnos egoístas y cuando dejamos de anticipar lo que otros necesitan.

Este proceso autodidáctico no es sencillo ni rápido, pero es sin duda un escudo protector para nuestra salud mental y una herramienta que potencia relaciones sólidas e igualitarias. Con asertividad crearemos afectos libres: si alguien elige estar a tu lado, lo hará porque realmente quiere, pero no porque necesita un salvador.

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