En las primeras horas del 5 de julio de 1965, el rugido de un Ferrari 250 GT Berlinetta rompió el silencio del Bosque de Boulogne en París, y minutos después, el vehículo se estrellaba violentamente contra un castaño, donde terminó incrustado tras perder el control a gran velocidad, y dentro del automóvil yacía sin vida Porfirio Rubirosa Ariza, de 56 años, diplomático dominicano, piloto, jugador de polo y figura emblemática del jet set internacional, cuyo estilo de vida fue tan vertiginoso como el fatal accidente que se la arrebató.
Rubirosa había celebrado con entusiasmo la victoria de su equipo en la prestigiosa Copa de Polo de Francia, en una fiesta exclusiva en el club nocturno Jimmy’s de París, rodeado de amigos, mujeres, champagne y una euforia típica de sus años dorados, sin saber que esa madrugada sería la última vez que saldría a toda velocidad en uno de sus Ferraris, en soledad y bajo la resaca de la gloria.

Primeros años y formación
Porfirio Rubirosa Ariza nació el 22 de enero de 1909 en San Francisco de Macorís, República Dominicana. Fue el hijo menor del general Pedro María Rubirosa Rossi y Ana Ariza Almanzar, y provenía de una familia con conexiones políticas e influencia regional. Su abuelo materno, Juan Esteban Ariza, fue presidente de la Junta Central Gubernativa en 1876.
A los seis años, Rubirosa se trasladó con su familia a París, donde su padre fue nombrado diplomático. Fue allí donde se formó su personalidad refinada, cosmopolita y encantadora. Aprendió varios idiomas y se relacionó con la élite europea, absorbiendo los códigos de etiqueta, la pasión por los deportes de clase alta y el arte de la seducción.
Regresó brevemente a República Dominicana a los 17 años para estudiar Derecho, pero abandonó la carrera y se enlistó en el Ejército Nacional. Pronto fue reclutado por el entonces general Rafael Leónidas Trujillo, con quien entabló una estrecha relación.
Ascenso político y vida diplomática

Rubirosa conoció a Trujillo en 1931, y un año más tarde se casó con su hija primogénita, Flor de Oro Trujillo, aunque el matrimonio duró solo cinco años. Este vínculo le abrió las puertas al círculo de poder más cercano de la dictadura.
Durante el régimen trujillista, ocupó cargos diplomáticos en Alemania, Francia, Argentina, Italia, Cuba, Bélgica y Estados Unidos. Fue un hábil negociador y un embajador de lujo, aprovechando su magnetismo social para representar al país en círculos de alta diplomacia, aunque su vida personal generaba escándalos constantes.
Rubirosa también fue señalado como parte del engranaje represivo del régimen, especialmente durante las desapariciones de opositores como Jesús de Galíndez. Sin embargo, nunca fue formalmente acusado ni condenado por crimen alguno.
Entre el lujo, la velocidad y el mito

Porfirio Rubirosa no era un hombre común, había sido testigo y protagonista de los episodios más fastuosos del siglo XX entre diplomáticos, millonarios, actrices y aristócratas, y su muerte, terminó sellando con brutal simbolismo el final de una vida marcada por el exceso, la elegancia y la seducción sin límites.
El siniestro ocurrió poco después de las cuatro de la madrugada, cuando Rubirosa regresaba solo del club y días después fue sepultado en el cementerio de Marnes-la-Coquette, en las afueras de París, en una tumba modesta que contrasta con la exuberancia de su leyenda.
Con su muerte no solo se apagó una figura central de la diplomacia trujillista, sino también uno de los últimos representantes de una masculinidad encantadora y peligrosa, y aunque su historia estuvo ligada a una de las dictaduras más feroces de América Latina, Rubirosa siempre fue más que un funcionario de Trujillo, pues su fama la cimentó por su lista de romances con mujeres como Marilyn Monroe, Zsa Zsa Gabor, Doris Duke y Barbara Hutton, estas dos últimas entre las más ricas del mundo, quienes lo convirtieron en un símbolo del latin lover por excelencia.

Su imagen nunca terminó de desmoronarse del todo, y aunque las críticas hacia su relación con el régimen siguen latentes, Rubirosa ha sido tema de libros, documentales y ficciones que abordan su figura desde la fascinación, el escándalo y el deseo de entender una época donde el poder, el sexo y el lujo se mezclaban en un mismo cóctel, servido a toda velocidad.
El legado Rubirosa
El 5 de julio se recuerda con tintes dorados y negros, dorados por los trofeos, las fiestas, los aplausos y los amores que marcaron su vida, negros por la tragedia que lo detuvo en seco, dejando tras de sí una estela de preguntas, mitos y admiración contenida, y aunque en República Dominicana su figura genera divisiones, entre quienes lo ven como motivo de orgullo y quienes lo asocian a la maquinaria del régimen trujillista, su nombre sigue generando titulares seis décadas después, porque Rubirosa no murió como un diplomático, sino como una leyenda que se extinguió a toda velocidad.







