En una jornada que quedará inscrita en los libros de historia contemporánea, este 3 de enero se produjo la captura del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, por parte de fuerzas estadounidenses en una operación militar sorpresa en Caracas, exactamente 36 años después de que Manuel Antonio Noriega, el exdictador de Panamá, fue arrestado y entregado a las autoridades de Estados Unidos en la misma fecha.
La operación contra Maduro incluyó bombardeos selectivos en la capital venezolana y culminó con su detención junto a su esposa, Cilia Flores, quienes fueron trasladados fuera del país para enfrentar cargos por narcotráfico y conspiración en los tribunales del Distrito Sur de Nueva York, informaron fuentes oficiales estadounidenses.
Las autoridades de Estados Unidos, encabezadas por el expresidente Donald Trump, calificaron la acción como una victoria histórica en la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado, y adelantaron que asumirán temporalmente la administración del país sudamericano hasta la instalación de un gobierno de transición.
La memoria de un 3 de enero
El 3 de enero de 1990, hace 36 años, el general panameño Manuel Antonio Noriega se rindió ante las fuerzas estadounidenses tras semanas de asedio en la Nunciatura Apostólica del Vaticano en Ciudad de Panamá, evento que puso fin a su régimen y lo llevó a juicio en Estados Unidos por cargos de narcotráfico y lavado de dinero.
Manuel Antonio Noriega Moreno fue el hombre fuerte de Panamá durante la década de los años 80. Aunque nunca ocupó formalmente la Presidencia, ejercía un control absoluto del país como jefe de las Fuerzas de Defensa, influyendo en los gobiernos civiles, las elecciones y las principales decisiones del Estado entre 1983 y 1989.
Su caída se produjo en el contexto de la invasión de Estados Unidos a Panamá, conocida como “Operación Causa Justa”, iniciada el 20 de diciembre de 1989. Washington justificó la intervención alegando la necesidad de proteger a sus ciudadanos, restablecer la democracia panameña y llevar ante la justicia a Noriega, a quien acusaba de graves delitos.
Tras varios días prófugo, Noriega se refugió en la Nunciatura Apostólica del Vaticano en Ciudad de Panamá. El lugar fue rodeado por tropas estadounidenses, que recurrieron incluso a tácticas de presión psicológica, como la reproducción de música a alto volumen, hasta que finalmente el militar se rindió el 3 de enero de 1990.
Ese mismo día, Noriega fue arrestado y trasladado a Estados Unidos para enfrentar cargos por narcotráfico, lavado de dinero, conspiración y extorsión. Las autoridades estadounidenses lo señalaban como un colaborador clave del Cartel de Medellín y de haber permitido que Panamá se convirtiera en una ruta estratégica del tráfico de drogas hacia territorio norteamericano.
Paradójicamente, durante años Noriega había mantenido vínculos con agencias de inteligencia de Estados Unidos, particularmente la CIA, relación que se rompió cuando dejó de alinearse con los intereses de Washington en la región.
En 1992, un tribunal federal en Miami lo condenó a 40 años de prisión, pena que luego fue reducida. Tras cumplir condenas en Estados Unidos y Francia, fue extraditado a Panamá, donde permaneció encarcelado hasta su fallecimiento en 2017, a los 83 años.
El arresto de Noriega marcó un precedente histórico en América Latina, al convertirse en uno de los pocos casos en que un líder en ejercicio fue capturado por fuerzas extranjeras y juzgado fuera de su país. Décadas después, la coincidencia de que otro gobernante latinoamericano sea detenido un 3 de enero revive inevitablemente aquel episodio que cambió el rumbo político de Panamá y dejó una profunda huella en la región.
Reacciones encontradas
La comunidad internacional ha reaccionado de forma polarizada ante la operación. Mientras algunos gobiernos condenan la acción como una violación de la soberanía venezolana, otros sectores políticos y sociales celebran la detención de Maduro como el fin de un régimen acusado de corrupción, represión y colusión con grupos criminales.
Los analistas señalan que esta coincidencia histórica —dos capturas de líderes latinoamericanos por parte de Estados Unidos en un mismo día del calendario con décadas de diferencia— subraya la persistencia de la política exterior estadounidense en la región y plantea interrogantes sobre el futuro político y social de Venezuela.






