Memorias de la construcción del Club Libanés Sirio Paledtino, por Yvonne Nader

Redacción De Último Minuto
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Memorias de la construcción del Club Libanés Sirio Paledtino, por Yvonne Nader

Hay relatos que no deberían perderse con el paso de los años, porque detrás de una obra hay personas, esfuerzos, sacrificios y decisiones que forman parte de su verdadero origen.

Quiero contar cómo nació, se construyó y se financió el Club Libanés, Sirio y Palestino que conocemos hoy.

Todo comenzó una noche, en la casa de Yvonne Nader, durante una cena que ofrecí con motivo del cumpleaños de Freddy Beras Goico. En aquella mesa se encontraba un grupo de distinguidos miembros de la comunidad árabe: Juan José Attias, Elías Arbaje, el doctor William Janna, José Attias, Antonio Alma y Nabi Kouri, entre otros.

En medio de la conversación surgió una idea que llevaba tiempo rondando entre nosotros: construir un nuevo club en el terreno del Malecón, adquirido con el dinero proveniente de la venta del antiguo club de la avenida Independencia.

El terreno ya estaba allí. Incluso existían propuestas arquitectónicas. Pero, como ocurre tantas veces con los grandes proyectos, entre la idea y la realidad había un enorme obstáculo: no se lograba poner en marcha la obra.

Hubo reuniones, conversaciones y planes, pero el proyecto no empezaba.

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Hasta que un día decidí que había que empezar por alguna parte y gestioné personalmente la limpieza del solar. Contacté a Miguel Arbaje, quien, con gran entusiasmo y sin cobrar un solo centavo, puso a nuestra disposición un tractor para acondicionar el terreno. Gracias a su generosa colaboración fue posible iniciar los trabajos y transformar aquel espacio abandonado.

Era un avance pequeño en apariencia, pero de gran importancia: por fin aquel lugar empezaba a parecerse al sitio donde algún día se levantaría nuestro Club. Sin embargo, aún no existían los recursos necesarios para comenzar la construcción.

Fue en ese momento cuando Mustafá Abu Nabaa sugirió organizar un almuerzo en mi casa e invitó a un amigo suyo, el señor Nashmi Elfituri. Aquella reunión ocurrió algo que cambiaría el rumbo del proyecto: Nashmi hizo una donación de un millón de pesos.

Ese fue, según recuerdo, el primer aporte verdaderamente importante destinado a la construcción del Club.

Poco después llegó una segunda contribución de quinientos mil pesos, donada por un amigo del señor Elfituri.

Pero el dinero, como suele suceder en una construcción, se iba tan rápido como llegaba.

Por eso, durante aquella época, organizamos varias actividades para recaudar fondos en mi residencia. Las asumí personalmente, sin representar ningún costo para el Club. Lo único que me importaba era conseguir los recursos necesarios para que la obra no se detuviera.

En distintas ocasiones, el doctor William Janna, Juan José Attias, Antonio Alma, Julio Hazim y yo visitamos banqueros y empresarios. Fuimos de puerta en puerta buscando personas dispuestas a apoyar el proyecto, y muchas de ellas hicieron donaciones.

Pero llegó también el día en que aquellos recursos se agotaron.

Entonces, varios miembros de la directiva y socios de aquella época decidimos aportar personalmente cien mil pesos cada uno para poder continuar.

Aun así, el dinero volvió a acabarse.

Y esta vez los ingenieros paralizaron la obra y se marcharon.

Parecía que todo se detenía.

Recuerdo perfectamente aquel momento. Después de tanto esfuerzo, ver la construcción abandonada era desalentador.

Fue entonces cuando recurrí al ingeniero Máximo Cambiazo y le pedí que nos ayudara a terminar la obra. Le expliqué la situación y le solicité que colaborara sin costo alguno para el Club. Aceptó con mucho gusto.

Su ayuda nos permitió volver a avanzar cuando parecía que el proyecto iba a quedar, una vez más, detenido.

Pero todavía faltaba resolver un problema fundamental: necesitábamos dinero para terminar.

Fue entonces cuando se celebró otro almuerzo en mi casa. Durante aquella reunión, José Attias tuvo una idea que podía cambiarlo todo: vender el solar contiguo al Club para utilizar esos recursos en la terminación de la obra.

La propuesta fue discutida y aceptada por los miembros de la directiva de aquel momento.

La única persona que presentó inicialmente una oferta para la comprar el solar fue Joaquín Geara. Sin embargo, su propuesta contemplaba tomar posesión y hacer uso inmediato del terreno una vez efectuado el pago.

Ante esa condición, solicite al señor Mustafa Abú Naba’a que considerara la compra del inmueble. Él aceptó adquirirlo sin exigir el uso inmediato de la propiedad y, además, presentó una oferta por un valor superior. Esa decisión representó una solución determinante para la estabilidad financiera del Club.

Por estas razones, la Junta decidió vender el solar al señor Mustafa Abú Naba’a.

Recuerdo especialmente el primer pago: quinientos mil pesos. Con ese dinero fue posible reanudar nuevamente la construcción.

Y mientras la construcción necesitaba recursos para continuar, Mustafá realizó pagos hasta completar el valor del terreno. También realizó donaciones en materiales para la construcción: cemento, bloques, grava y otros insumos que ayudaron a que la obra pudiera avanzar y llegar a su terminación.

Todo esto ocurrió con el acuerdo de la directiva de aquel momento, cuyos miembros conocían la operación y la respaldaron.

Finalmente, después de tantos obstáculos, de tantas reuniones, de tantas visitas, de donaciones, aportes personales y sacrificios, el Club pudo convertirse en una realidad.

Quiero que quede constancia de las personas que estuvieron allí cuando el proyecto apenas era una idea; de quienes aportaron dinero cuando no había fondos; de quienes buscaron donantes; de quienes pusieron recursos de sus propios bolsillos; de quienes trabajaron sin cobrar; y de quienes, de una manera u otra, hicieron posible que aquel terreno abandonado terminara convirtiéndose en el Club que hoy conocemos.

Y no puedo terminar sin hacer una mención muy especial al señor Antonio Alma, quien me acompañó durante los ocho años que dediqué a la construcción y a la dirección de la obra, desde sus primeros pasos hasta su culminación, dando origen a lo que hoy es el Club Libanés, Sirio y Palestino.

También deseo reconocer que fue Antonio quien tuvo la gran idea de construir una tercera planta y utilizar una estructura metálica para el techo, una iniciativa que contribuyó de manera importante al desarrollo y al diseño final del Club. Cambié la palabra contribución por donación me parece mejor

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