En este país tropical, donde hasta los silencios sudan política, la Junta Central Electoral acaba de descubrir una medicina maravillosa: prohibir encuestas para curar la ansiedad electoral. No se baja la fiebre, se guarda el termómetro en una gaveta con llave y se declara al paciente democráticamente estable.
La JCE dice que busca equidad, transparencia y orden. Hermosas palabras. Tan hermosas que uno casi no ve el garrote administrativo escondido detrás del florero: suspensión de encuestadoras, pérdida de registro, prohibición de publicar mediciones fuera de precampaña y campaña, y hasta mordaza para encuestas internas de partidos. Todo muy técnico, muy jurídico, muy institucional; como esos trajes oscuros que se usan para enterrar conversaciones incómodas.
Danilo Medina lo llamó sospechoso. Charlie Mariotti fue más lejos: insinuó que si las encuestas favorecieran al PRM, nadie estaría tan preocupado por regular la curiosidad nacional. Del otro lado, el oficialismo habla de institucionalidad con esa solemnidad de quien defiende el orden justo cuando el orden le conviene. Y desde la Fuerza del Pueblo, algunos delegados bendicen la medida diciendo que las encuestas influyen al electorado. Qué descubrimiento tan tardío: las encuestas influyen, los discursos influyen, los anuncios influyen, las inauguraciones con cinta azul influyen, los abrazos en barrios influyen y hasta los apagones influyen. Pero, curiosamente, solo el número publicado parece necesitar bozal.
La política dominicana tiene una relación curiosa con la verdad: la invita a cenar cuando le sirve, y le cambia la cerradura cuando llega sin avisar. Las encuestas, ciertamente, pueden ser usadas como propaganda, como perfume barato para candidatos sudados o como espejito de feria para vender inevitabilidades. Pero entre regular y prohibir hay una distancia enorme; la misma distancia entre poner semáforos y cerrar la avenida.
Lo grave no es que la Junta quiera ordenar el mercado de encuestas. Eso sería razonable. Lo grave es que en un país donde la campaña nunca duerme, donde los políticos andan en “actividades sociales” con más cámaras que un reality show, se pretenda castigar precisamente la publicación de mediciones. Aquí se puede hacer campaña disfrazada de encuentro comunitario, proclamación vestida de almuerzo y promoción personal con olor a rendición de cuentas; pero cuidado con decir cuánto marca el tablero.
La oposición grita porque sospecha que le están apagando el micrófono justo cuando cree tener algo que cantar. El Gobierno responde indignado, como doncella institucional ofendida. Y la Junta, en el centro, pretende convencernos de que no está metida en política mientras regula una de las herramientas más políticas de la política.
Al final, el problema no son las encuestas. El problema es el miedo al retrato. Porque cuando el poder se siente bonito, manda a imprimir afiches; cuando se siente feo, prohíbe los espejos.







