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La tiñosería de nuestros ricos

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Este trabajo fue publicado originalmente, hace ya muchos años, en el desaparecido vespertino Última Hora. Posteriormente fue republicado en el matutino Hoy. Pero en vista de la oportunidad que ofrecen las circunstancias económicas que vive la sociedad dominicana, me permito republicar nuevamente este viejo artículo de actualidad permanente entre nosotros, dado que nuestros ricos de entonces siguen siendo exactamente los mismos ricos de hoy, aunque hayan cambiado de identidad en el escenario de la vida.

A continuación el referido ensayo:

Si me hubiese dejado guiar por el culteranismo de ciertos intelectuales, este artículo tendría por título Pro domo sua, expresión latina que sirve para designar a toda persona que procede o actúa siempre en provecho propio sin importarle en lo absoluto la suerte de los demás. Ahora bien, un ortodoxo de la lengua y existen muchos de ambos sexos entre nosotros, podría objetarme que el término tiñosería es un barbarismo, y en el mejor de los casos, un dominicanismo, toda vez que para titularlo debí emplear el casticismo vocablo tiñería. Pero sucede que en este país hablar o escribir correctamente puede acarrear dificultades, y no hay peor dificultad, para quien escribe o habla, que no le entiendan sus lectores y oyentes. Así, pues, dejemos las cosas tal como están y entremos de lleno en el tema que pretendo desarrollar con el menor tacto posible.

Para comenzar, afirmo que no existe lugar alguno en la tierra donde los ricos sean más tiñosos que en el nuestro; obsérvese que no me refiero únicamente a los ricos dominicanos, sino también a aquellos que no lo son, o que siendo ricos y dominicanos por nacimiento, obran y piensan como extranjeros, añorando la patria de sus ascendientes en las que finalmente invierten sus fortunas.

No hago distinciones: sostengo que el rico nuestro, el que se ha hecho con el sudor del dominicano, es egoísta, avaro por excelencia, y lo que es más grave, vive entre nosotros ajeno al sentimiento nacional, al sentimiento altruista de la gratitud que con tanta frecuencia manifiestan los ricos de otras latitudes. Mientras en otros países el hombre de fortuna le devuelve a la sociedad gran parte de lo que ha ganado de ella, sosteniendo o creando universidades, edificando hospitales, regalando obras de arte y museos, estableciendo fundaciones, en el nuestro actúa de distinto modo, reteniendo y expatriando sus ganancias indiferente a nuestras angustiantes necesidades materiales y espirituales.

Si examinamos con atención la conducta de estos ricos, si le pasamos balance a lo que tiene y a lo que dan, llegaremos a la amarga conclusión de que no dan ni han dado nada, ni escuelas, ni hospitales, ni asilos, ¡nada! Con una voracidad enfermiza viven y trabajan solamente para guardar peso tras peso, en una desenfrenada competencia por rebasar sus propios excesos a fin de ganarles la partida a otros ricos igualmente empeñados en esa estúpida y peligrosa carrera de adinerarse hasta el hartazgo.

Nuestro medio, en los últimos años, ha parido millonarios sin cuidarse de controlar su prolífica fecundidad; después de la muerte de Trujillo, su multiplicación ha sido aterradora, y podría pensarse que ese fenómeno responde a un correlativo crecimiento económico de la nación. No es así, y conviene apuntar que la mayoría de las actuales fortunas, hoy en bóvedas bancarias norteamericanas y europeas, se han forjado deprisa mediante exacciones de empresarios y funcionarios del mundo oficial, políticamente asociados en el contrabando, el narcotráfico, el saqueo y el pillaje al patrimonio público. Hay excepciones, a pesar de que San Juan Crisóstomo sostiene lo contrario; en el libre y despiadado juego reglamentado en sociedades como la nuestra, existen fortunas más limpias que otras. Pero no es mi intención plantear problemas morales sobre la licitud o ilicitud de esta o aquella fortuna, sino por el contrario, hacerme de la vista gorda frente a todas ellas, incluso a las de dudosa procedencia, para entonces preguntar a voz en cuello si las mismas responden a reclamos sociales impostergables.

¿Cómo nuestros ricos le retribuyen a esta sociedad empobrecida los numerosos favores que de ella han recibido? Para decirlo deprisa, ¡no hay retribución! Esas fortunas pasan con el tiempo a sus continuadores legales, quienes levantados y educados de espaldas al fervor que siempre debe inspirar la tierra en que hemos nacido y que nos ha sustentado, terminan por adquirir una nacionalidad extraña.

Ningún momento más oportuno que éste para que nuestros ricos resuelten la mano y ayuden seriamente al Gobierno en sus propósitos de salvar del desastre al país, cuyas carencias son numerosas y escasos los recursos de que dispone. ¡Que devuelvan en obras de bien social una mínima parte de lo que generosamente han recibido! No es posible que sigan siendo tan ávaros, tan insensibles, ¡tan tiñosos!

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