Nueva York.- Una densa neblina de incertidumbre cubre el camino de miles de migrantes venezolanos en Nueva York, atrapados en una tormenta de decisiones migratorias severas, prejuicios crecientes y el colapso de las vías legales que les ofrecían protección. Desde enero, el terreno migratorio se ha vuelto un campo minado, donde cada paso puede ser el último antes de un vuelo forzado o una salida voluntaria.
Lejos de encontrar un refugio seguro, muchos se enfrentan ahora a la cancelación del TPS, el fin del parole humanitario y la pesada sombra del Tren de Aragua, una organización delictiva que ha contaminado la imagen de una diáspora en su mayoría trabajadora y honesta.
"Nos destruyeron la esperanza"
En un refugio de Manhattan, una venezolana que pide anonimato lo resume sin rodeos: "No somos víctimas de los políticos. Somos víctimas de quienes se infiltraron con malas intenciones. Y fueron muchos”. Esta percepción se ha amplificado en los medios, donde los delitos cometidos por algunos migrantes han sido utilizados como combustible para endurecer la política migratoria.
El resultado: cientos de venezolanos evalúan dejar Estados Unidos antes de ser deportados, en un acto que muchos ya describen como “autoexpulsión”.
Claudia Vargas, oriunda de Caracas, ha pasado más de un año moviéndose entre albergues con su hijo de 19 años y su pareja. Hoy empaca para irse a un tercer país, temerosa de caer en manos de autoridades que podrían vincular injustamente a su hijo, solo por tener tatuajes, con una pandilla. “Ya no hay garantías. El sueño americano se nos desmoronó”, dice entre lágrimas.
La narrativa del miedo
El temor creció tras conocerse la detención de más de 200 venezolanos en una prisión de máxima seguridad en El Salvador. La Casa Blanca asegura que muchos de ellos tienen nexos con el Tren de Aragua, ahora catalogado como grupo terrorista. Sin embargo, organizaciones comunitarias cuestionan la generalización y alertan sobre un “psicoterror” que paraliza a familias enteras.
“¿Qué queda para nosotros, si están arrestando hasta personas con papeles?”, se pregunta Claudia, a las afueras del Hotel Row, uno de los cientos de espacios habilitados para la emergencia migratoria en la ciudad.
El discurso del presidente Trump es contundente: “Si no salen voluntariamente, serán encontrados, deportados y nunca más bienvenidos”.
Protecciones eliminadas
A pocos días del vencimiento del parole humanitario y la eliminación del TPS, más de medio millón de migrantes —cubanos, haitianos, nicaragüenses y venezolanos— se enfrentan a la pérdida de sus permisos legales y a una inminente deportación. En Nueva York, muchos han optado por no esperar a que se active el operativo de captura.
Durante años, Nueva York fue vista como una ciudad santuario. Hoy, la colaboración entre autoridades municipales y agencias federales es incierta. Aunque aún no se reportan redadas dentro de los albergues, la ansiedad crece ante el posible cierre de decenas de refugios y la falta de claridad sobre quién está realmente protegido.
Una comunidad golpeada
Entre mayo de 2022 y 2025, alrededor de 240,000 migrantes cruzaron la frontera y llegaron a la Gran Manzana. De ellos, se estima que más del 50% son venezolanos. Muchos han regularizado su estatus, otros aún navegan un limbo legal. Algunos, como Argenis Padilla, ya decidieron irse.
“Así tengas papeles, es casi imposible conseguir trabajo sin que te miren con sospecha. A mí me vence el TPS pronto, pero me voy antes de que me encierren sin haber hecho nada”, cuenta este joven repartidor, que ya hace maletas rumbo a España.
Estigma y resistencia
A pocos días del 7 de abril —fecha de vencimiento del TPS para más de 300,000 venezolanos—, organizaciones como Venezuelans and Immigrants Aid (VIA) y CEPAZ denuncian la criminalización generalizada de su comunidad. “La narrativa de que somos una amenaza carece de fundamento. La mayoría de los beneficiarios del TPS no tienen ningún vínculo con el crimen”, recalcan en un comunicado.
Para muchos, la lucha continúa en las cortes. Para otros, la única salida posible es marcharse. Pero en todos los casos, la herida del estigma y la desilusión marca un antes y un después en la historia migratoria venezolana en Estados Unidos.